Anatomía del miedo

Porque nos gusta que nos asusten

Por Salvador Garcia El 2 de noviembre a las 14:56

Es irónico tener una plática racional sobre el miedo, algo irracional que provoca gritos, desesperación y pérdida del control. Este sentimiento hace que te comportes de manera completamente diferente a como lo haces cotidianamente, que vayas contra tus sentidos y tomar medidas extremas.

No lo niegues, te encanta esa sensación de adrenalina recorriéndote y el minúsculo sobresalto de milisegundos en los que el corazón se detiene, tus ojos se abren, la garganta se cierra y cada vello en tu cuerpo se pone de punta. Ese instante en el que estás tan alerta, que tus sentidos funcionan de modo excepcional. Todo eso que significa estar vivo.

“Cuando ves el mercado de acciones caer mil puntos es tan terrorífico como ver una serpiente” son las palabras de Joseph LeDoux, profesor de neurociencia y psicología en el Centro de Neurociencia del Miedo y la Ansiedad en la ciudad de Nueva York. “El miedo es la respuesta al estímulo. El sentimiento de vacío en tu estómago, tu corazón acelerado, el sudor en la palma de las manos, los nervios –es tu cerebro respondiendo de una forma pre-programada a una amenaza muy específica,” concluye.

Stephen King, uno de los más grandes escritores de terror de la historia, dice que es suficiente que tres o cuatro pasajeros lo sientan simultáneamente, para mantener su avión en el aire. "Preocúpate el día que nadie tenga miedo en tu vuelo."

El miedo nos acompaña desde el nacimiento; la evolución se encargó de programarlo en nuestra memoria colectiva, todos lo sentimos, reaccionamos a él de formas similares y aunque algunos lo esconden mejor que otros, las razones para que se presente pueden ser distintas. Algunos pueden quedarse inmóviles al ver una cinta de terror en la sala de cine, otros podemos estar aterrados en el camino al auto mientras caminamos por la oscuridad.

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Hace años salíamos de ver una película, estábamos en un centro comercial en el que sólo habían abierto los cines y un restaurante, los demás locales no habían inaugurado y unos estaban en construcción. Eran más de las 11 de la noche cuando nos dirigíamos al auto, unos metros atrás de nosotros venía un par de personas que trabajaban en la adecuación de los establecimientos y me pareció buena idea empezar a cantar Matando güeros de Brujería.

Dejó de ser una buena idea cuando uno de ellos me contestó los coros.

Por supuesto no iban a hacernos nada, pero fue aterrador pensar lo que podría pasar. Es común echar a volar mi imaginación, y no le temo a lo que está ahí, sino a lo que no puedo ver, pensar si en realidad será tan terrible como lo que viene a mi mente.

Puedes preguntarle a un grupo de amigos qué les provoca miedo; seguramente al hacer el recuento al final de la plática tendrás una lista muy variada. Habrá puntos comunes como la muerte o el secuestro; el resto puede abarcar cosas que van de lo ridículo hasta lo perfectamente común.

Esta emoción también se puede aprender de los hermanos, los padres y hasta de la gente con la que te encuentras, pues tiene una particularidad: es contagioso. Estar rodeado de personas que tienen miedo puede provocar que también lo sientas.

Se han hecho decenas de estudios sobre la naturaleza de esta sensación, cada uno sustentado en teorías de lo más diverso, y mientras unas terminan desacreditadas, las que se consideran válidas gozan de poca popularidad.

Sin embargo, las investigaciones coinciden en lo siguiente: cuando ves una película de terror o juegas un título como Silent Hill, la información viaja de tus ojos a una parte del cerebro que se llama amígdala, una maraña de nervios en forma de almendra muy importante a la hora de procesar emociones, como el placer o el amor.[/p]
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